Crisol.



Menos es más.

Rodeado de personas,
sitiado por la materia,
esclavizado a pequeños fragmentos
por todas y cada una de mis pertenencias.

El peso del recuerdo,
el rastro de la existencia.

Como un caracol ciego a su propia naturaleza,
cargo con las 27 toneladas de mi vida
allí adonde voy.

Se me comba la espalda.
Mi alma marcha cansada.
Con el corazón oscuro y negro,
de tanto alimentarlo al fuego,
haciendo de el no un órgano,
sino un motor de combustión.

Desgaste...

La tenencia no destierra la ausencia.
Mi patrimonio, mi gente, mis creencias,
Se revelan como ilusión.

Luce al Sol la transparencia de mis cadenas.

No solo las veo yo...

Deshacerme de todo...
Retener únicamente lo propio de mi condición - humano -,
salvaguardar lo intrínseco a mi esencia - aquello que me hace único -.

Nada de ello proviene del exterior.

Transformado el caracol en babosa
en el deslizamiento de sus cosas
a su alrededor.

La inmolación de un yo fingido y ficticio,
comprado y acumulado,
configurado para alejarse
de su propio valor.

La evolución abandona la forma del pasado
para llevar a cabo
su transformación.

Es el valor del cambio...
Reside en su potencia creativa,
nacida del dolor.

La violencia de su destrucción.

La mira apunta al pecho.
La carga me hace de cinto,
revienta todo lo accesorio a mi alrededor.

Terrorista de mi propio esclavismo.
El tiempo vive en mi mente,
la vida en mi alma,
yo en mi corazón.

Fuera del artificio exógeno.
Apesto libre, y mi crisálida
Sera el reino de mi reconstitución.

Las mariposas vuelan erráticas
Pues nunca olvidan
Que se fraguaron a traición.

Olvidando todo lo que eran,
Rechazando todo lo que fueron,
Para volar lejanas y efímeras
Bajo la luz distinta
De un mismo Sol.

Andrea.

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